Fantasmas del pasado.

 Hace mucho, mucho tiempo, mi querida Azucena me comentó: 

- Mientras estaba leyendo lo que me has mandado, intentaba imaginarte a ti escribiéndolo. ¿ Cómo lo haces, donde escribes? 

Mi respuesta fue muy sincera. No tengo un sitio fijo, ni una hora aunque me apetece mas escribir por las noches. Tengo insomnio y aprovecho las primeras horas de la noche para leer o escribir, pero lo haga cómo lo haga, siempre tiene que ser con música.  Me coloco mis cascos para aislarme un poco y según mi estado de ánimo, pongo música de uno u otro tipo y dejo que fluyan las ideas. 

Hoy una sensación diferente corre por todo mi cuerpo. 

 Los fantasmas del pasado, los que nunca llegaron a irse, se mantienen ocultos y muy de vez en cuando, se dejan oír como lo hace el sonido de la  gota de agua cayendo en una lata  vacía.

 En realidad, no sé por qué cuando hablamos de personas, lugares, recuerdos de nuestro pasado, les llamamos fantasmas. Quizás sea porque siguen estando en nuestro presente, en nuestro día a día aunque ya no sea de manera tangible.  

Cuando regreso a Granada de tarde en tarde, siempre acabo paseando por los mismos lugares. Aquellas zonas turísticas y más antiguas de la ciudad que son las que se mantienen tal y como eran hace décadas.  

Estar delante de la fuente de la plaza Bib-Rambla, pasear por el Zacatín o adentrarme en la Al-caicería y ver que todo está tal y como yo lo dejé la última vez que estuve allí, me transmite una sensación de paz interior difícil de explicar. Es en esos momentos, cuando siento que realmente estoy en casa y que por muchos meses o años que hayan pasado, el relog del tiempo parece haberse detenido entre ambos.

 Aquellas calles por las que solía pasear de jovencita, han cambiado tanto… Los negocios son diferentes, las calles están mas sucias, las fachadas de los edificios desconchadas… No las reconozco. Quizás en mi mente, me gustaría que siguiese todo tal y como yo las dejé cuando el tiempo se detuvo para mí. 

 La ultima vez que pasé por Pedro Antonio de Alarcón, la calle de Granada mas famosa entre los jóvenes por sus bares y pubs, sentí una gran decepción. Una mezcla de rabia e impotencia me embargaron por completo haciendo que me parase en seco en el numero 52 de dicha calle, un lugar muy significativo para mi.  El lugar donde comenzó una etapa maravillosa de mi vida. 

Haciendo un esfuerzo sobre humano, cerré los ojos e intenté aislarme de todo lo que me rodeaba. Pretendia crear a mi alrededor una burbuja incolora que me incomunicara del exterior para poder reconectar con esa parte de mí, que aún seguía allí anclada dos décadas atrás. Poco a poco el ruido ensordecedor de los motores de los coches parados esperando a que se pusiese el semáforo en verde iba remitiendo.  Las neuronas de mi cerebro, acostumbradas a estas retrospecciones interiores, empezaron a anular cualquier transmisión  de comunicación con los órganos del sentido de oído u olfato. El olor a fritura que desprenden los locales de comida rápida que hay ahora, desaparecieron poco a poco, para ser sustituidos por el perfume de las rosas rojas envueltas en papel celofán que vendían aquellos señores de tez verde aceituna y pronunciado bigote. La luz, gris por la polución, había tornado a un cálido naranja. Esos eran los tonos que yo veía nada mas llegar a aquella esquina de Pedro Antonio que indicaban que la puesta de sol, estaba llegando a su ecuador. 

A mi alrededor, veía de nuevo a grupos de jóvenes de mi edad subiendo y bajando esos cuatro escalones para entrar a Da Vinci a tomar algo antes de iniciar “La Marcha” como llamábamos entonces a salir de fiesta. De nuevo estaban allí “La Cabaña” nuestra siguiente casilla en el juego. 

Allí aprendí a jugar al billar, a interactuar con gente de mi edad y donde dije una vez “ Creo que te quiero”. 

No creo que el tiempo pasado como dice la canción, sea mejor, es solo que… fue mi tiempo, mis vivencias y mis recuerdos y puesto que son solo míos y de aquellos que los vivieron conmigo, creo que por todo lo acaecido, tengo derecho a dejar que sigan conmigo por otras tantas décadas mas. 

Todos esos recuerdos, los guardaré con celo. En mi mente, para no olvidarlos y en mi corazón, para seguir amándolos tan intensamente cómo lo hice en su día. 

A veces, y solo a veces, no son los fantasmas del pasado los que vienen a nosotros sino que somos nosotros los que acudimos a ellos porque en el fondo sabemos, que nunca llegaron a irse.

  Lola. 

 

 

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