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Carne de mi carne.
Cuando miro a los ojos de mis hijos, siento una gratitud plena. Gratitud a Dios, por haberme dado la oportunidad de ser madre, por haberme dejado experimentar en mis propias carnes, la maravillosa y compleja experiencia de crear vida. Desde el mismo momento en el que experimentamos en nuestro cuerpo los cambios propios de un embarazo, nuestros sentidos se desdoblan, nuestro cuerpo es uno aunque ahora somos dos los que lo ocupamos. Él me siente a mi, como yo lo siento a él. Desde ese preciso instante en el que descubres que vas a ser mamá, empiezas a crear una burbuja a todo tu alrededor para proteger su vida. Podemos compartir con el papá, con los abuelos, sensaciones tan maravillosas, como la de poner la mano en la barriga, para hacerles participes de esa patada involuntaria o de ese movimiento rotatorio de todo su cuerpo. La sensacion que se siente cuando el tacto de piel contra piel, notando como una bulto prominente, alarga y apepina la panza por unos seg...
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