Cierra los ojos y dime que sientes....
A medida que pasan los años en un matrimonio, aumenta el amor del uno por el otro.
Aumenta la confianza y la complicidad.
Pero la originalidad de improvisación en el arte amatorio, va desapareciendo dando paso a la comodidad.
Se cambian el cine y una cena romántica, por una película en casa y una cenita casera.
Se permuta lo sofisticado de un peinado y un maquillaje sugerente acompañado por un picardias con su liguero, por un maquillaje mal desmaquillado, una pinza recogiendo nuestro cabello y pijama de algodón.
Todo esto puede parecer algo exagerado, pero después de Ocho años de matrimonio, Esta pareja, ya estaba algo dormida en el arte de crear nuevas fantasias.
Ana, pensó en preparar una velada especial para su esposo.
Todo empezó, cuando su marido le dijo lo mucho que le apetecía pasar una noche a solas con ella como cuando estaban recién casados. Sin niños, sin tener que preparar cenas, ni fregar platos a las once de la noche. Solos ellos dos, junto a una botella de un buen Vino.
Esa tarde, Ana, llevo a los pequeños a casa de su madre, les dijo que Miguel y ella irian al cine esa noche y seguramente a cenar algo mas tarde. Los abuelos, encantados de hacerse cargo de sus nietos, acogieron a los niños y a sus pequeños petates con lo necesario para pasar la noche.
Después de esa parada, Ana fue a una tienda de chinos cercana a su casa. No sabia exactamente que iba a comprar, pero quería que fuese algo grande.
Algo especial, distinto. Nada de dibujar un corazon de ketchup en la hambuerguesa o poner una vela en la mesa mientras cenan. Tenia que ser una noche Unica e irrepetible.
El primer pasillo en el que se paró fue en la lenceria. Demasiado bulgar y soez para una noche especial. Mejor utilizar algún conjunto de los que ya tenia y que no había llegado a estrenar, por falta de ocasión. Siguiente pasillo; las velas.
Esa era una buena idea. ¡ Velas ! pero ¿ para ponerlas donde ? Eso daba igual. Lo importante era encontrar las perfectas.
Las habia de distintos tamaños y colores. Velas para candelabros, velas para quemadores,velas de Iglesia. Pero empezó a discernir entre todo el material, algo que le llamó la atención. Una cajita transparente con cuatro pequeñas velas circulares, La mitad inferior, era de color verde manzana, la parte superior en blanca con un pequeño adorno, de estrellas verdes de purpurina verde.
A continuacion, velas aromáticas. - Eso estaria bien- , pensó.
Olor a café, a coco, a menta, pero espera, detiene la vista en una gran vela marrón, con olor a Canela. Su olor favorito. Y la cojió.
Los estantes, plagados de articulos, invitaban a seguir mirando mas cosas.
Olor a café, a coco, a menta, pero espera, detiene la vista en una gran vela marrón, con olor a Canela. Su olor favorito. Y la cojió.
Los estantes, plagados de articulos, invitaban a seguir mirando mas cosas.
Por ultimo, añadió a la cesta otras pocas miniaturas en forma de tazas de capuchino que al quemarlas, deberían desprender olor a cafe y una cajita con unas quince o veinte pequeñas velas de las se encuentran metidas en un recipiente de aluminio para que no manchen. Como las que encendemos de manera manual en las iglesias.
Eran pocas velas, o demasiadas, según para lo que las fuese a utilizar.
Eran pocas velas, o demasiadas, según para lo que las fuese a utilizar.
Bueno, la iluminación ya estaba preparada, pero..... y ahora que?
Algo de fruta exótica para acompañar un buen postre, pero cuando acabó todas sus compras, se fijó en que le quedaba poco tiempo para preparar una buena cena, acompañada de un buen vino, asi que lo mejor seria cenar fuera.
Ana, recojio su dormitorio de manera minuciosa y detallista para que no hubiese nada fuera de su sitio.
Se duchó y acicaló de manera especial para la ocasion.
Miguel, llegó del trabajo y se encontró que sin saber porque, tenia que ducharse y ponerse un traje que ya tenia preparado encima de la cama. Elegante pero informal. Viendo que no estaban sus hijos y que su esposa estaba vestida para salir con un vestido negro y elegante, se dejo llevar en instrucciones y decidió no hacer preguntas.
Los dos salieron en coche y aparcaron en el centro de la ciudad. Caminaron unos pocos metros hasta llegar al restaurante. Un lugar en el que su personal, era amable con el cliente sin llegar a ser servil, pero ofreciendo un trato exquisito y exclusivo.
La decoración del restaurante era una mezcla de sobriedad y confort a la vez.
La estructura de la habitación, basada en el estilo Neoclasico, enmarcaba con varias columnas de mármol, el mobiliario de estilo Isabelino.
La sobriedad del marmol que presidian las esquinas, eran dulcificadas, por los muebles color melaza y las tapicerías en beige y burdeos de las sillas de comedor.
La cena estaba siendo una maravilla y la conversacion distendida y amena.
Nada cotidiana entre ellos.
Entrantes variados, un entrecot poco hecho para el, y unas puntillas de solomillo a la pimienta para ella.
De postre, y como no podía ser menos, un trozo de tarta de chocolate compartido seguido de un café.
Las miradas de complicidad, disculpaban el silencio entrecortado.
Una vez acabada la cena, decidieron dar un paseo por la manzana, hasta llegar de nuevo a su coche.
Una vez subidos en el vehiculo, Miguel le preguntó a Ana. - ¿ Donde quieres que vallamos ahora?
- A casa.-contestó de manera decidida, así que Miguel arrancó el coche y se dispuso a llegar a su domicilio.
Una vez alli, se hacia raro el silencio sin los niños. Ana sintió que la magia se había roto por completo. Después de haber estado en un lugar tan bello y tan idílico, volvían a su diario, a lo de siempre.
Su sala de comedor, su casa en general. Pero de lo que se trataba era de hacer una noche diferente, y todavía estaba a tiempo de que lo fuese.
Pidió a Miguel que se cambiase el primero, para después tener ella algo de intimidad en el dormitorio.
Después de cambiarse, Miguel entró de nuevo al salón, se dispuso a prepararse una copa para después acomodarse en el sillón y ver la televisión. Ella, cerró la puerta que separaba el salón de los dormitorios.
El ¿ que me pongo? era lo primero que pensó, ya que después de perfeccionar tanto detalle, esto era algo en lo que no había reparado.
Camisón de raso negro hasta la rodilla acompañado por una bata larga hasta los tobillos del mismo color. El tejido, una gasa vaporosa con mangas de estilo medieval, abrochada solamente por una cinta trenzada de seda.
Luz tenue casi en penumbra, de no ser por unas velas encendidas, estratégicamente colocadas en el dormitorio.
Ana, fue repartiendo las velas por toda la habitación. Mesitas de noche, cómoda y el quicio de la ventana, eran los soportes para tan diferentes candelas.
Y para que la impresión fuese mayor, colocó de manera paralela una hilera de velas a todo lo largo del pasillo que iba del salón al dormitorio.
Ana, estaba sorprendida del resultado obtenido. Solo faltaba que a Miguel, le pareciese tan fascinante como a ella.
Expectante, abre la puerta con cuidado de no descubrirse y le indica a su marido que apague el televisor, la luz del salón y que la siga.
Mientras, ella corre al dormitorio con cuidado de no apagar las velas del pasillo con el revuelo que forma su bata, para observar de frente la cara de su esposo.
Solo unos segundos allí y el no llega; Ana se asoma a la puerta del dormitorio y ve como al final del pasillo, esta Miguel, petrificado junto al marco de la puerta admirando la belleza de la imagen como si de una postal se tratase.
Con un gesto sencillo con la cabeza, Ana le indica a su esposo que pase a la habitación.
Miguel cruza el pasillo y llega a la puerta del dormitorio.
No se escuchaba palabra de su boca. Su rostro lo decía todo. Estaba maravillado.
El cruce de miradas entre ambos era suficiente para decir sin palabras lo que ambos pensaban.
Encendidos todos los cirios, el espectaculo de luces y sombras era algo maravilloso.
El dormitorio, tenia tonalidades de color distintas a las de siempre. El olor a Canela, se mezclaba con el aroma de las mechas encendidas.
Miguel contemplaba el semblante de su esposa sin ser capaz de articular palabra.
- ¿ Pero te gusta?- preguntaba ella. -Me encanta- le contestó el.
Con dulces besos, y cálidas caricias, la ropa, fue desligándose de sus cuerpos, hasta no quedar mas vestido que la propia piel.
La ropa de cama, embrujada por la pasión, daba cobijo y abrigo al momento de arrebato, de delirio y de pasión que la pareja vivía en ese momento.
Como colofón al cumulo de sorpresas, una pequeña bandeja en la mesilla de noche con tres pequeños cuencos.
Ana, venda los ojos a Miguel y éste sorprendido pregunta el porqué.
- Tienes que decirme a que sabe lo que te dare a probar. -
Trozos de mango, fresas y kiwi bañados en chocolate hecho en un par de minutos, son las delicias, que una a una, Miguel va paladendo.
La situacion que estaba viviendo, era tan extraña, tan subrealista, pero a la vez tan placentera.
Después de una noche de amor y de deseo, nuestra pareja, decide apagar las velas que todavía no se han consumido y descansar abrazados el uno al otro.
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Porque manteniendo sus cuerpos unidos y entrelazados, aun durmiendo, sentirán que esta noche tan especial, no terminará nunca.
Dedicado a todas las parejas, que buscan en su rutina diaria un momento, para sorprenderse y no dejar morir el romanticismo y la fascinacion.
L.V.M.
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