DULCE INOCENCIA.
Hola a todos, gracias a vuestro apoyo me he decidido por fin a escribir pequeños relatos.
Empecé con el blog para compartir con vosotros algunas de mis cosas o reflexiones mas personales y me he encontrado siempre con vuestro cariño. Tanto me habéis dicho que os gusta como escribo que me he lanzado y ahora quiero dejar volar la imaginación y contar historias ... espero que esta nueva faceta también os guste, ya me contaréis .. Un besico.
DULCE INOCENCIA.
Acababa de salir de la ducha. Eran las seis de la tarde. Rebeca se maquillaba en el espejo del romy de su cuarto de baño. Había quedado para salir con Lucas, su novio. Su melena, de corte japonés encuadraba su cara a la perfección. Su maquillaje, suave y acorde con el semblante de su cara, resalta mas aun sus rasgos de adolescente casi mujer. Tez blanca como la nieve, ojos claros y brillantes, labios carnosos y perfilados.
Es sábado y la apetecía ponerse algo especial. Coge del armario un vestido de gasa, negro, sin mangas, entubado y por encima de la rodilla. Sandalias negras, de tacón de aguja, bolso a juego y gafas anchas de pasta.
Vivía en un barrio cercano al centro por lo que casi siempre iba andando a todos sitios. Como cada tarde, irían a tomar café y seguramente después, a dar una vuelta y a hacer hora para comprar bebida para hacer un botellón.
Se despidió de los suyos y se dispuso a llegar a su destino.
Su figura esbelta no dejaba indiferente a aquellos que caminaban a su paso, ella lo sabía, no provocaba pero le gustaba despertar en el sexo opuesto esa atracción de deseo. Era divertido, sensual, arriesgado e incluso atrevido, pero sabía donde poner su limite.
Solía quedar a medio camino con algunas amigas del grupo. Vivian cerca por lo que así podían ir juntas al punto de encuentro, pero ese día Lucas no había quedado con ella en el mismo sitio de siempre.
La pidió que asistiera sola a una calle céntrica de la ciudad, un barrio en el que abundaban los pisos de estudiantes y pequeñas tascas de vino y de tapeo.
El camino hasta encontrarse con Lucas se hizo corto. Era una tarde de principios de verano, no hacia demasiado calor y apetecía pasear por la calle.
Rebeca disfrutaba cada uno de esos paseos al encuentro de su amado. Para ella empezaba una nueva etapa. Abandonaba su paso por una adolescencia apegada a las faldas de sus padres. Aunque era hija única, la habían educado de manera estricta en cuanto a sus estudios y algo más permisiva en cuanto a sus amistades. Disfrutaba de libertad, controlada por la sensatez y la madurez. No era como el resto de las chicas de su edad.
Cuando por fin llega a su destino, allí está él.
Vestía un vaquero negro, ceñido a su muslos, camisa de rayas en varios tonos de azul, manga larga. Hacia calor para llevar esa camisa pero tenia remangadas las mangas por encima de los codos. No era una combinación perfecta de colores pero a ella le gustaba. Era el mismo conjunto de ropa que el llevaba cuando se conocieron.
Su tez era oscura, no por raza, sino por que al darle el sol, se oscurecía con facilidad; su pelo, algo rizado y siempre engominado, le daba un toque especial. Frente ancha, ojos pequeños pero muy expresivos, labios carnosos y bien dibujados, como la mejor de las acuarelas de un pintor del renacimiento.
Se acercó a Lucas y con media sonrisa dibujada en su boca, le dio un beso.
El, no conforme con eso, rodeó con sus brazos su estrecha cintura mientras la levantaba suavemente del suelo. Su beso, ardiente y apasionado, la hizo cerrar los ojos por unos segundos y dejarse llevar por la pasión del momento. Se sonrió por la efusividad de su novio en plena calle y le cogió de la mano. El la aguardaba con una sorpresa, una rosa roja. No era la primera vez que Rebeca recibía de Lucas un detalle así –“¿Donde vamos?”- preguntó ella mientras olía el perfume de su flor. –“Es sorpresa”- le respondió.
Haciendo esquina con la calle en la que habían quedado había una pensión. Para su sorpresa, era ahí donde se dirigían.
La puerta de entrada, de forja y cristal, estaba abierta de par en par. Tenía un pequeño recibidor oscuro y algo peculiar. Las baldosas del suelo eran antiguas y algunas, incluso, no estaban bien pegadas, por lo que al pasar por encima se escuchaba un gracioso cla-cla. La pared, cubierta a media altura por un azulejo granadino, oscurecía si acaso más la estancia.
Una mesa de centro redonda con un tapete de croché y un florero con flores de tela coronaban el recibidor. Para ser la entrada de un lugar que debía dar la bienvenida a todo aquel que allí pernoctase, incitaba más a recular lentamente que a entrar a su interior.
A solo unos pasos, un pequeño mostrador de madera donde Lucas no se para, solo saluda a un señor cincuentón, medio calvo y muy barrigón, del que solo se veía, al estar sentado, una camiseta interior blanca sin mangas y unos tirantes, de los que se suponía que iban cogidos a un pantalón.
Sube unas estrechas escaleras cogido de la mano de su princesa.
Rebeca estaba extrañada, algo confusa, pues no sabia bien que hacía en ese lugar pero tampoco era capaz de preguntar porqué estaban allí. Veía a Lucas muy decido avanzar por las escaleras y la incertidumbre de no dominar la situación ni de saber que iba a pasar la ponía mas nerviosa aún.
Al final de las escaleras del primer piso, acceden a un pasillo largo y estrecho. El suelo era de madera, de un color indescriptible por el paso del tiempo, las paredes y las puertas de lo que se suponía eran habitaciones, de color celeste. El paso era tan ajustado que dos personas no podían atravesarlo de manera paralela. Al final del pasillo, como si de una película se tratase, Lucas se para delante de una de las puertas y saca de su bolsillo una llave. La introduce en la cerradura y abre la puerta. El pasa primero, y Rebeca, antes de entrar, se fija que continuando hay otro pequeño pasillo en el que hay dos puertas abiertas y gente joven con una pinta un tanto peculiar que salen y entran de las habitaciones sin pedir permiso. Junto a esas dos puertas, otra mas que para su sorpresa y asombro tenía únicamente en su espacio un pequeño servicio. –“Dios mío”- pensó, -“que asco, el baño es compartido”-. Decidió volver su mirada a Lucas y entrar en la habitación antes de seguir descubriendo nuevos horrores.
Entra en la habitación, cierra la puerta y apoya su delicada figura en ésta admirando con cierto estupor la estancia en la que se encontraba.
Una habitación pequeña, oscura, las cortinas eran muy tupidas y con un estampado floral pasado de moda hacia ya muchos años. La lámpara, de araña, con tulipas también oscuras, no sabia si por su tonalidad o por la falta de limpieza. Dos camas pequeñas unidas haciendo una sola con unas colchas a juego con las cortinas. Éstas, algo más claras, pero igual de antiguas y de feas. A ambos lados de las camas, unas pequeñas mesitas redondas de aglomerado con un tapete de color verde oscuro, cosido a mano con los filos de croché. Seguramente lo hizo la misma persona que el tapete del hall del hostal.
Para su sorpresa, en una de las mesitas de noche había pertenencias de Lucas. Su cartera, un paquete de tabaco, un mechero y su llavero.
Lucas dejó junto a sus otras cosas la llave de la habitación y se sentó a los pies de la cama. Mirando a Rebeca la preguntó –“¿Que te parece?” –“Bien” contesto ella tímidamente. –“Lo he alquilado yo”-, continúa él.
-“Habíamos hablado muchas veces de alquilar una habitación a medias y como hace unos días me dijiste al salir de casa de Rubén que a ver si íbamos teniendo un poco de intimad nosotros solos, pensé en esto”. –“Bueno, está bien”.- balbuceaba ella.
No era eso lo que ella le dio a entender a Lucas aquella noche en casa de sus amigos. Ella se refería a que su primera vez fuese como sueña cualquier adolescente. Lucas era su primer novio. No era el primer chico puesto que antes había tenido sus tonteos, pero si el primero con el que mantenía una relación seria. Le quería, le amaba y se respetaban. Pensaba que compartiría con él el resto de sus días y eso era motivo más que suficiente como para pasar a mantener relaciones más intimas. Pero, por dios, no en un lugar así.
Ella soñaba con que su primera vez sería en la habitación de algún hotel de la ciudad, en una habitación amplia y luminosa, con cortinajes en las ventanas vaporosos casi translucidos, una cama inmensa y preciosa con juegos de cama blancos inmaculados con mullidas almohadas y flores naturales en un jarrón desprendiendo un suave aroma.
No una habitación con cortinas de tela de tapicería, camas con colchas que parecían rascar tanto como el esparto y del baño ni hablar, porque en un pequeño espacio de la habitación, junto a la puerta, acababa de ver como unos pocos azulejos en la pared encuadraban lo que parecía era un lavabo con un pequeño espejo. Pensó: -“¿Y ahí es donde me tengo que lavar?”- Respiró profundamente mientras se acercaba a su novio. Mientras le cogía de las manos, se sentaba a su lado y vio en su rostro tanta ilusión puesta en ese momento, tanto amor por entregar, tanta esperanza en que aquello saliese perfecto, que todos los temores y recelos vividos en los últimos diez minutos de su vida, se fueron disipando mientras se besaban.
Se suponía que estaban allí para entregarse el uno al otro, regalarse su amor más puro y sincero. Aquello de lo que en varias ocasiones habían hablado. De fundirse los dos en un solo ser por lo más casto y puro que en ese momento ocupaba sus vidas. Su amor.
Pero el deseo de Rebeca de experimentar esa nueva sensación se veía frenado por el temor de no ser el momento perfecto. La decoración de la habitación o las comodidades de la misma eran lo de menos. Pensaba que podía no ser el momento en descubrir ese nuevo paso en su relación.
Aunque siendo sus padres modernos y bastante liberales, la habían inculcado que lo correcto para una chica de su posición era perder la virginidad una vez casada y aunque ella siempre lo había creído así, sabía que Lucas sería el compañero de su vida, el padre de sus hijos así que para qué esperar tanto.
Lucas se quito la camisa y, de manera cuidadosa, la dejo en el respaldo de una silla, se desabrochó el pantalón sin llegar a bajárselo. Ayudó a Rebeca a desabrocharse la cremallera del vestido. Sin quitárselo aun se sentó en el filo de la cama para desabrocharse las sandalias. El esperaba impaciente cada segundo que pasaba. Rebeca se levanto, se giró y dejo caer su vestido negro. La cara de su novio era todo un poema. Sus ojos la miraban embelesado. Fascinación, deseo o pasión eran adjetivos muy apropiados para la manera en la que el se deshacía mirándola. No era la primera vez que la veía con tan poca ropa ya que habían ido a la piscina ese verano varias veces pero era la primera vez que la veía en ropa interior.
Un conjunto de lencería propio de una joven de su edad. Sujetador en color perla, con un pequeño encaje haciendo una blonda en su escote. A juego, un short que dejaba jugar con la imaginación del más inocente. Previamente, Lucas había corrido las cortinas y quitado las colchas –“Menos mal”- pensó, -“las sábanas son blancas”-.
Ni siquiera las quitaron, ella sabia que no haría falta. Los besos, arrumacos y promesas de amor desbordaban la habitación. Cuando Lucas quiso deslizar su mano bajo el short, ella le frenó. –“No me voy a quitar la ropa interior”-. Algo extrañado pero atendiendo a la petición de su princesa, el accedió con agrado por lo que se mantuvo en la misma condición que ella.
En menos de dos horas, ambos salían de la habitación. Por una tonta discusión con su padre Rebeca debía volver antes a casa. Cuando salían por la puerta del hostal, el le dijo. –“Es una pena, la cena estaba incluida en el precio”.
Se despidieron a medio camino como de costumbre.
Una vez en casa, Rebeca no tenía apetito. Se fue a su cuarto, se puso el pijama y se quedo escuchando música en la cama. Mientras abrazaba su almohada, recordaba la tarde tan maravillosa y a la vez tan extraña que había vivido. Todavía su piel guardaba celosa el perfume de su amado. Solo tenia que oler las puntas de su cabello para sentir que el lo había tocado antes. Quizá no fue lo planeado, pero así era como tenia que ser. ¿Se habría quedado Lucas decepcionado? ¿Que pensaría de ella? pero Rebeca había tenido suficiente con estar a solas con el amor de su vida, pudiendo tocar su torso, su espalda y su cuello en la mas estricta intimidad. Pudiendo besarle sin miedo a que alguien los viese, a cortarse porque estaban en un sitio publico. No habían hecho nada de lo que avergonzarse ni arrepentirse pero esa tarde no era el día en el que darían un paso más.
Rebeca se dio cuenta de que, aunque ansiaba más y aún queriéndolo más que a su propia vida, no estaba preparada para dar el siguiente paso. ¿Miedo?, ¿incertidumbre a lo desconocido?
Daba igual.
Lo importante es que Lucas y ella esa tarde..... se habían amado intensamente.
precioso me ha encantadooo!!!es una historia preciosa cuando sale la segunda parte??jeje muy tierna la historia y sobre todo real bss soy jenny
ResponderEliminarPara esta, hoy por hoy no hay segunda parte. Me alegro de que te halla gustado tanto. Pronto habra mas historias. Un beso preciosa.
ResponderEliminarComo ya te he dicho otras veces tienes la fortuna de trasmitir sentimientos y emociones. Es una historia muy tierna, natural, fresca y, como dice su título, dulce pero, mira por donde, nada edulcorada jajajaj .. eso debe ser por esas cortinas horribles .. Deja salir todo lo que tienes dentro y, eso si, compártelo con nosotros. Así seremos todos un poco mas felices. Un beso
ResponderEliminarya sabia que me gutaria tu manera de escribir,es fresca y jovial te seguire leyendo gracias por aceptar mi amistad....
ResponderEliminarguapa porque cojones no escribes un libro porque se t da de miedo escribir una historia chulisima me ha encantado un besito y sigue asi jajajaja
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